La merienda que Juancito compartió en la escuela y la realidad que quedó al descubierto
Un gesto mínimo en un aula salteña abrió una conversación incómoda sobre las infancias que llegan sin desayunar y sobre el peso que hoy cargan los comedores escolares.
La historia empezó con un detalle que podría haber pasado inadvertido: un chico partió su merienda al medio y le dio la mitad a un compañero que no había llevado nada. La escena, contada por su maestra, terminó circulando mucho más allá de la escuela.
Lo que conmovió no fue tanto la generosidad como lo que dejó expuesto. En varias escuelas salteñas, el desayuno o la copa de leche pasaron a ser, para una parte del alumnado, la comida más consistente del día.
Los equipos docentes lo describen con crudeza: cuando un chico no rinde en clase, el primer diagnóstico ya no es pedagógico. Antes de evaluar la comprensión lectora hay que preguntar si comió, si durmió y si tiene con qué volver a casa.
Desde las cooperadoras señalan que el volumen de raciones creció y que las partidas no acompañaron el aumento de precios. En muchos casos, el faltante se cubre con aportes de las propias familias y de vecinos del barrio.


